Vacaciones

Enviado por ENAE, el 09/09/2010 - 02:00
Manuel Robles Miras

por Manuel Robles Miras. Analista de Sistemas y director del Curso Superior de Gestión de Pymes de ENAE, además de creador de TRAMA (Trade and Marketing online game).

En mi pueblo, cuando era un chaval, muchos de los que vivíamos en las antiguas casas bajas que estaban muy próximas a la orilla del mar, a pesar de que nos llamaran los playeros no entendíamos muy bien qué podía pasar por las cabezas de todos aquellos turistas que, cuando más calentaba el sol, abarrotaban la playa tumbados en la arena, tanto bocarriba como bocabajo. ¿Qué harán ahí?... ¿Serán penitentes?, nos preguntábamos. 

A los ya despellejados, quizás sin tener lo suficientemente en cuenta los méritos que podrían haber acumulado o las culpas que ya tuvieran redimidas,  les calificábamos directamente de chalaos. En fin, cosas de críos playeros que aún estábamos por formar.

Tanto era así que, por otra parte (o, más bien, añadido a lo anterior), bastantes de nosotros no entendíamos cómo se podía vivir lejos del mar. Recuerdo que, a una familia de Albacete que solía venir a la posada que estaba al lado de mi casa, les preguntábamos por el asunto de la lejanía y no había manera de que nos dieran una explicación que para nosotros fuera razonable.

Lo dicho, cosas de la edad. Bueno, el caso es que, ayer por la tarde, recordando con Diego, un antiguo playero,  cosas de la niñez, la conversación fue derivando hacia temas más propios de nuestra actual edad y formación; temas como más…, no sé…, profundos podríamos decir; y, entre sorbo y sorbo y sacando a colación a nuestro común amigo Felipe, el que de chaval más preguntas se hacía sobre los turistas y sobre lo del vivir rodeado de tierra por todas partes, estuvimos de acuerdo en que siempre hay que saber manejar las distancias, las presencias y, por lo tanto, las ausencias, con la duración que requiera cada una de ellas dependiendo de las distintas situaciones que se puedan dar, sobre todo si, de una manera o de otra, se está en crisis.

Quizás la haya adornado un tanto al escribirla, pero, más o menos, ésta es la conclusión a la que llegamos después de que Diego, sin apenas darme respiro, me pusiera al tanto sobre la actual y triste situación de Felipe. A pesar de lo que favorece ese tono en la piel –empezó a contarme Diego refiriéndose a nuestro amigo-, el moreno que todavía le quedaba no podía maquillar su expresión y, antes de que me contara lo que le había pasado últimamente, me temí lo peor.

Empezó por lo del trabajo, pero lo más fuerte vino después -Diego hizo una pausa para darle un trago al combinado y encender un cigarrillo-.

¿Qué es lo que le ha pasado? –le pregunté con cierta inquietud; pero a Diego no es fácil sacarle de su forma de contar las cosas. Y eso que ya se lo había advertido: Felipe, no se pueden coger las vacaciones pocos días después de haber estado tres semanas de baja por lo de la tos. ¿Por qué no esperaste a cogerlas en agosto, como te dije? Tu regreso al trabajo, de alguna manera había conseguido frenar en la empresa el proceso de adaptación (más bien acostumbramiento) a tu ausencia; pero, cuando aún no estaba madura la cosa, coges y te vas de vacaciones.

Y luego está lo de tu mujer –le seguí diciendo-. Después de haber estado, por lo de la tos, todo el día metido en casa durante tres semanas, ¿cómo se te ocurre irte con ella un mes de vacaciones sin daros un respiro, sin daros el espacio suficiente entre una cosa y la otra? Felipe, en la familia no pasa lo mismo que en el trabajo: los procesos funcionan al revés; no sé si me entiendes lo que…

Hasta que encontré un hueco para poder intervenir y, al final, ponernos de acuerdo en la conclusión de lo del manejo de las distancias, espacios y demás, Diego siguió durante un buen rato contándome (más bien reproduciéndome) su conversación con Felipe; que, por cierto, el pobre, a sus cincuenta y tantos años, está sin trabajo y viviendo con su madre.